En una época tan cambiante como la que nos ha tocado vivir, en la que apenas tiene uno tiempo de comprender o asimilar las tendencias de su, digámoslo técnicamente, target generacional, ya que todo transcurre tan velozmente que uno no se entera de que va el asunto en cuestión hasta que decide, bien por curiosidad, bien por no quedarse demasiado rezagado de sus congéneres, bucear en busca de respuestas en esa trastienda de la sique humana llamada redes sociales. El impacto inicial te puede hacer creer que poco o nada tienen que ver contigo. No sabes si será algo aleatorio o más bien programado por alguna especie de ente superior corporativo, pero lo cierto es que ese desfase que llevan con tu persona te hace estar completamente perdido en esas cuestiones. Decidido a remediar tu nula participación es ese gran invento de comunicación global, un buen día te creas una cuenta en Instagram. O si no en Twitter, Facebook, Telegram etc…Y una mañana te subes a la ola y comentas, perdón tuiteas, alguna noticia, comentario o video chorra que por allí circula. Las respuestas empiezan a llegar; te creces y te crees ya un usuario de pleno derecho. Lo desagradable viene al leer las respuestas. Cuando pensabas que todos esos internautas de veras querían conocerte, descubres que su verdadera intención es despellejarte por esa generosa y gratuita aportación que has hecho a la red. En un primer momento tu reacción más natural es la de rebatirles, entrar al trapo a pecho descubierto, pero acto seguido te lo piensas dos veces, o alguna que otra más. Son muchos y tú estás solo. Acompañan sus palabras con toda clase de jeroglíficos llamados emoticonos que tú jamás has visto, lo cual te descoloca aún más pues los adviertes diestros en la materia de escribir en el teclado. Finalmente desistes y en el mejor de los casos pasas a otra cosa o, lo más habitual, borras el comentario. No quieres problemas con esa gente a la que no conoces de nada y prefieres no entrar en terrenos fangosos de discusiones tan originales y aisladas como política, religión, deportes o vuelo acrobático. Te han ganado. Las redes sociales te han vencido. Esa especie de plataforma no oficial del criterio universal ha sido capaz de imponerse a tu manera de ver el mundo y por consiguiente a oscurecer o directamente ocultar tu opinión. ¿Cómo es posible que, en una época en la que los medios de comunicación individual se han generalizado y que todo hijo de vecino puede mostrar su opinión a un importante sector de la población mediante ese bonito invento de las RRSS, tu tengas que callarte tu opinión por miedo al linchamiento, de acuerdo, local y momentáneo, de una gente a la que ni siquiera conoces? Tal vez esa sea la explicación. El hecho de tener tantas herramientas de comunicación a nuestra disposición desemboca en este sinsentido de coartarte tu libertad de expresión por el simple hecho del miedo a las masas intercomunicadas. A esas masas capaces de generar una corriente de opinión en tu contra, cómodamente apoltronadas desde la silla de su habitación, gracias a esa maravilla tecnológica que les ha dado voz a ellos y que, en cambio, se la ha quitado a muchos otros. Leí no hace mucho tiempo en un artículo que el ser humano tiene de media unos 60.000 pensamientos mientras duerme. La mayoría de estos son negativos. Dando por sentado dicho estudio, no sería extraño creer que gran parte de ellos acaben materializados en forma de tuit o hashtag en los contenedores de la nube. ¿Desea cerrar sesión?  Desde luego. Notas Relacionadas: TERTULIANOS  LA IMAGINACIÓN