Nada es igual. Lo que hasta los primeros días de marzo era una rutina para los mayores que acudían a centros de día, el coronavirus lo altera. En esta situación están unos 4.698 mayores del referido servicio municipal, que se distribuye en unos 100 centros distribuidos por la ciudad. Las cifras las recoge el área de Familias, Igualdad y Bienestar Social dirigida por Pepe Aniorte, quien resalta que para palear la situación, recurren a la asistencia telemática. Hasta el momento que se reabran los centros de días, obligados a cerrar por el confinamiento para evitar la propagación del coronavirus, los mayores no estarán solos. Así lo aseguró Aniorte. Los pacientes y sus familiares reciben el apoyo de manera telemática, para que cumplan con las tareas que habitualmente realizaban en estos espacios. Por su parte, la directora del centro de día Esfinge, Raquel Escobar comentó “estamos adaptando las actividades para que las hagan en sus domicilios”. Desconoce cuándo podrán abrir nuevamente sus puertas. Pero se esfuerzan en reforzar la atención domiciliaria de los mayores. Ese es el principal trabajo de los fisioterapeutas y auxiliares que actualmente laboran desde sus casas para alcanzar este propósito. Retroceso A los 85 años, Juana, perdió la noción del tiempo, está desorientada. El avance en el control de sus depresiones, sufrió un retroceso. Todo ello por el confinamiento, y no poder acudir a su centro de día. Su hija, María, recalca “ha vuelto a la torpeza de hace 12 años”. La  vida de los españoles que se a diario transitaban por estos centros, está trastocada; el compartir con sus pares les hace falta, así como los ejercicios. La pandemia del coronavirus y las acciones para evitar su propagación está dejando una fuerte impronta en cada una de estas personas. Actualmente, estos mayores reciben atención de algún familiar que comparte el confinamiento con ellos. Intentan que la vida lleve el ritmo al que venían acostumbrados. Ahora, tras las semanas de confinamiento, “no sabe ni vestirse ni lavarse” cuenta su hija. “Ahora lleva una vida de sedentaria, no puede salir a la calle". En sus intentos por llevarle una programación similar cuenta, “vivimos en un tercero, así que subo y bajo con ella para que haga algo de ejercicio”. Asimismo, le ayuda con los ejercicios que le envían del centro de día vía correo electrónico. “También le llaman por teléfono y charlan con ella. Incluso a veces habla con sus compañeros”. La angustia de María se incrementa cada día, en algunas semanas deberá retomar sus labores, no tiene con quién dejar a su progenitora. "Me va a generar una angustia tremenda. No tengo con quién dejarla; no sé si comerá o cogerá el teléfono o si se meterá en la cama con su depresión", expresa. El cambio radical que vivió Juana, no lo entiende,  aunque su hija intenta explicarle; ella vive su propia película, mientras retrocede a las depresiones que había superado hace más de una década.